¿Qué está bien y qué está mal? Esta pregunta siempre ha sido motivo de controversias, debates, discusiones, polémicas, conflictos, y demás complicaciones comunicativas entre las personas humanas. Sin embargo, la verdadera respuesta es muchísimo más sencilla que cualquier controversia, debate, discusión, polémica o conflicto que pueda sugerir, por muy interesantes que resulten.
Para empezar, nos fijaremos en algo de lo que la mayoría sabemos distinguir con bastante claridad si es bueno o malo: los sentimientos. Bueno, tampoco es que existan solamente sentimientos buenos o malos, constituyen más bien una gradación, ¿no?, lo que hay son sentimientos más buenos o más malos. Una cosa curiosa es que hay mucha más variedad de sentimientos “malos” o “negativos” que de positivos. Piensa en una lista de sentimientos positivos y luego en una de negativos. Te darás cuenta de que la segunda lista te resulta mucho más fácil de hacer que la primera. Entonces, tenemos los sentimientos buenos o positivos, que también podríamos llamar “placeres”, los cuales podemos definir como aquellos que tendemos a buscar, ¿no?, tenemos esa tendencia natural hacia ellos; y luego están los “sufrimientos”, de los que podemos decir que son de los que siempre huimos, los tratamos de evitar.
Podríamos decir que los sentimientos tienen una “vida” o “tiempo de duración” que además tiene como unas “fases”, ¿no?, podemos decir que el sentimiento aparece en nuestro alma, luego lo expresamos, que es cuando más lo estamos sintiendo, y después, ese sentimiento declina hasta desaparecer. Bien, pues muchas veces podemos decidir cuánto duran, si más o menos, estas como “fases”, ¿no? La cosa es así: cuando se trata de placeres, los expresamos nada más aparecer, y según su intensidad tardan más o menos en declinar. Sin embargo, cuando son sufrimientos la cosa cambia, ya que siempre nos queremos alejar de ellos incluso cuando aparecen. De esta manera, los seres humanos hemos desarrollado la capacidad de alargar la primera fase de aparición, guardándonos los sufrimientos para no tener que expresarlos y así evitar la sensación que caracteriza a cada uno. Sin embargo, esta capacidad es limitada, y si nos dedicamos a guardar todo sentimiento negativo que nos encontremos, al final llegará un momento en el que no podamos guardar más, y otro momento, que suele ser seguido, en el que necesitemos expresar todo ese sufrimiento acumulado, dado que quieras que no eso provoca tensión, nervios, y por lo tanto una sensación negativa, y de nuevo algo que no deseamos prolongar.
Ahora, ¿cómo pasar esta diferencia tan facilita entre sentimientos positivos y negativos a nuestra pregunta del principio? Muy sencillo:
Algo aceptado por todos es que los seres humanos realizamos acciones. Sea lo que sea, siempre estamos haciendo algo. Ejemplos: estoy sentado escribiendo, tú me estás leyendo, el vecino se está sacando un moco en el baño, ése está ahí sin hacer nada... incluso el no hacer nada ya supone una acción, ¿no? Bien. Luego, también tenemos que estas acciones, cualesquiera que sean, resultan distintas situaciones, dependiendo de la acción. Y en nosotros, al vivir estas situaciones, aparecen una serie de sentimientos. Tenemos esto, ¿vale? Y resulta que nuestra pregunta inicial, “¿Qué está bien y qué está mal?” se refiere a lo que hacemos, o sea, ¿cuándo está bien lo que hacemos y cuándo está mal? Y fíjate qué curioso, que “lo que hacemos” significa lo mismo que “las acciones que realizamos”, que además hemos relacionado directamente con lo que sentimos, nuestros sentimientos, y de éstos ya sabemos si son buenos o malos. Bueno, vale, te lo aclaro un poco, por si te has perdido.
Según todo lo que hemos puesto, la mayor bondad o maldad de nuestras acciones radica en los sentimientos en los que vayan a acabar. Dicen que nuestras acciones nos definen. Y, por tanto, una persona es más buena o más mala según cómo actúe, o, más bien, cómo decida actuar.
Desayunado en el porche con mi gatito preferido
Hace 19 horas

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